miércoles, 12 de octubre de 2011

Un escalofrío le recorrió desde los pies a la cabeza, el cálido otoño había llegado y ella por fin pudo abrigarse con su primer jersey de la temporada. El cosquilleo del viento le susurraba en los oídos y la alborotaba el pelo en direcciones dispares, advirtiéndola de que había llegado su momento.
Despertó de su profundo sueño y por un momento dudo de sí misma, pero se armó de valor, se puso en pie (con sus pies descalzos llenos de barro) y extendió los brazos inhalando y exhalando aire repetidas veces. De pronto, se vio corriendo abriéndose paso entre arces desteñidos de carmín, sentía una fuerza increíble, casi sobrehumana, sentía que sus pies respondían solos, sin ninguna señal que emanase del cerebro. Ansia, locura, ira, felicidad, tenía todos los sentimientos fluyendo dentro de sí, de tal manera que pensaba que le estallaría el corazón de un momento a otro. Sus pies se estaban convirtiendo en un mar de moratones, cortes, arañazos y heridas de la propia naturaleza arraigada, pero le era indiferente. No tenía tiempo para lamentos, sólo quería comerse el mundo y nadie conseguiría detenerla ahora.
Por fin consiguió divisar la estación de tren donde él la aguardaba, esperando junto al arce donde se conocieron por primera vez.  Se acerco lenta, pausada y sin prisa, sin ningún acelerón en su mecanismo que pudiera delatarla. A menos de un metro ésta, con aspecto firme y sosegado, le miro a los ojos y declaró:
- Soy capaz.
Después de un corto silencio entre juegos de miradas, en el rostro de éste se formó la mueca sonriente que tanto la ruborizaba y terminó por añadir:
- Estupendo. ¿Pero antes tendremos que buscarte unos zapatos, no crees?


No hay comentarios:

Publicar un comentario